Hay momentos del año que no pertenecen a ninguna estación. La luz cambia antes que el calendario y el cuerpo adopta un ritmo distinto. Vestirse deja de ser rutina y se convierte en un gesto de transición.
Los colores no irrumpen; se transforman. Ocres que se apagan, granates que se profundizan, tejidos que absorben la nueva luz. Nada es brusco, todo sucede de forma gradual.
Las siluetas acompañan ese desplazamiento. Ni completamente ligeras ni aún estructuradas, encuentran un equilibrio entre fluidez y contención como reflejando esa sensación de cambio que todavía no es definitivo.
Tejidos que se adaptan al cuerpo sin imponerse.
Formas que permiten girar, invertir, transformar.
Como el propio tiempo: nunca fijo, siempre en tránsito